Operación
Solidaridad: Agenda para la Calidad de Vida
El Nuevo Día
Mesas Redondas 20 de mayo de 2003
EDUCAR PARA LA PAZ
EN CONVIVENCIA SOLIDARIA:
HACIA UNA AGENDA
COMPARTIDA DE INVESTIGACIÓN EN ACCIÓN
©Anaida Pascual Morán, 2003
Anita Yudkin Suliveres
Cátedra UNESCO de Educación para la Paz
Universidad de Puerto Rico
Recinto de Río Piedras
Educar para
la paz en convivencia solidaria nos exige idear agendas y proyectos que asuman
el concepto cultura de paz como movimiento y visión compartida, y la investigación,
la educación y la acción como los medios preeminentes para su
edificación. Más aún, nos requiere reflexionar, como bien afirma nuestro colega
y amigo, el profesor José Luis Méndez, acerca de la relación sinérgica entre
cultura de paz y calidad de vida. La idea de esta sinergia data de la antigüedad. Los
mayas, por ejemplo, al referirse en sus lenguas a la “paz”, la vinculaban a una
red de conceptos de rico contenido semántico y múltiples significados. Dichos
conceptos apuntan a un ideal sagrado y holístico de equilibrio, a una visión
integral de la paz, a partir de un
concepto de pleno bienestar.
De aquí,
que desde nuestra mirada como educadoras y portavoces del colectivo de la
Cátedra UNESCO de Educación para la Paz de la Universidad de Puerto Rico, donde
hemos tenido la suerte de poder ejercer aquello que el escritor uruguayo
Eduardo Galeano ha signado como nuestro inalienable “derecho a soñar”,[1] nos aventuremos en esta
presentación conjunta a abordar el
significado de la educación, la investigación y la acción
como elementos centrales en la construcción de una cultura de paz y en la creación de una agenda
compartida. Nos aventuramos con la esperanza de que a través de dicha agenda
podamos contribuir a la construcción de ese “sueño” que nos llama - y que
llamamos “calidad de vida” - en momentos que nuestro querido colega el Dr.
Manuel Torres Márquez ha signado como “tiempos de solidaridad”.[2]
No resultará sencillo
aproximarnos a ese evasivo y escurridizo ideal que hoy nos convoca, ya que como
magistralmente expuso en la ponencia de apertura el doctor Fernando Lolas
Stepke, “calidad de vida” es un constructo dinámico del “bien ser”, personal y
comunitario, subjetivo e intersubjetivo, complejo y multidimensional, al que se
le ha asignado una pluralidad de significados - y que por lo tanto es sumamente
difícil de percibir, visualizar, cuantificar, medir y estimar a través del
tiempo, de culturas y generaciones. Nuestro modesto aporte girará en realizar
algunas precisiones teórico-valorativas y en dejar sobre la mesa algunos
desafíos e interrogantes en términos de lo que construir calidad de vida nos exige.
Convivencia
solidaria y calidad de convivencia desde una paz en positivo.
Construir calidad de vida nos exige propiciar la calidad de
convivencia como fin y la convivencia en y para la acción
solidaria como medio. Esta postura a su vez, nos requiere consignar una paz
en positivo, tanto como punto de partida como punto de llegada y punto de
continuidad en todo nuestro accionar investigativo, educativo y comunitario. Al
hablar de “paz en positivo”,
podemos hacer una analogía con el constructo de salud integral que promueven los
modelos de calidad de vida, ya que nos referimos, no a la ausencia de guerra y
conflicto conocida como “paz negativa”, sino a una paz con justicia
solidaria y equidad estructural, que a su vez rechaza todo método violento.[3]
Educar para una paz
integral desde una visión de equidad intergeneracional.
Construir calidad de
vida nos exige educar para la “paz integral”, la noviolencia y los derechos
humanos en todo tiempo y momento – desde una visión de “equidad
intergeneracional”. Dicha noción
ha sido planteada por UNICEF como la “nueva ética para el nuevo
milenio”.[4] Plantea la búsqueda de
un nuevo tipo de justicia que debemos promover junto a la igualdad entre las
razas, etnias, géneros y naciones. Implica la equidad entre generaciones
entrantes y salientes, y sitúan a la infancia y a las nuevas generaciones en un
lugar prioritario en toda planificación. Más aún, nos compromete a edificar
explícitamente – a partir de un nuevo modo de pensar y sentir, un mundo menos
violento y más saludable para nuestros descendientes, con la esperanza de que
el llamado “progreso” o “desarrollo” de las naciones recupere su verdadero
significado.
Abordar y confrontar
nuestra trágica fascinación y adicción: la violencia.
Educar para la paz y la convivencia solidaria, sin embargo, no
constituye una tarea improvisada ni fortuita. Los legados de la noviolencia y
la paz - en claro contraste con los de la guerra y la violencia - nunca han
sido tópicos privilegiados por historiadores, investigadores y educadores.
Mucho menos han sido ni tienen muchas posibilidades de ser, puntos de debate
permanente en foros y ámbitos educativos, o contenidos formales en los currículos
escolares y universitarios.[5] Según el profesor
David Riesman de la Universidad de Harvard, la intensidad expresiva de la
violencia es tal - comparada con la auto-restricción de la noviolencia y la paz
- que la gente, queda fascinada ante ella. Este culto a la
expresividad de la fuerza ha dado margen para que la cultura de la violencia sea altamente valorada
y ha desencadenado una espiral de violencias y contraviolencias, cuyas consecuencias
funestas presenciamos día a día. Sobre esta trágica fascinación por la violencia que
ha devenido en una fatal adicción, expresa el profesor Riesman...
Una vez la violencia
se convierte en una adicción, la personalidad cambia; los impulsos más
generosos quedan reprimidos; la gente se 'brutaliza' y declara que la sociedad
les ha hecho de esta manera.[6]
En esta misma línea, el filósofo francés Paul Ricoeur nos habla del “trágico
esplendor” del “imperio de la violencia” en la historia, porque la historia
de todos los tiempos, afirma, ha estado permeada de “estructuras de terror”…
Para
ver que la violencia se encuentra siempre presente en todo lugar, sólo tenemos
que observar cómo los imperios suben y descienden, cómo el prestigio personal
se establece, cómo las religiones se desgarran unas a las otras en pedazos,
cómo los privilegios de propiedad y poder se perpetúan e intercambian, o cómo
aún la autoridad de los intelectuales se consolida, cómo los deleites
culturales de la élite dependen de las labores y sufrimientos de los
desheredados.[7]
Nuestros ámbitos educativos
tampoco escapan de la creciente espiral de violencias y contraviolencias.[8] Existen innumerables
políticas y prácticas educativas institucionalizadas que en alguna medida
vulneran o violentan la dignidad del aprendiz, al lacerarle psicológica, mental,
cultural, económica, física o espiritualmente. Este tipo de violencia,
reconocida como “violencia
sistémica en la educación”, ciertamente deberá ser un punto prioritario en
nuestra agenda.[9] De manera que
construir calidad de vida nos exige abordar y confrontar deliberada y
sistemáticamente nuestra trágica fascinación y adicción por la violencia.
Trasformar la
universidad, la escuela - y toda entidad formativa - en fuerza de paz.
Ante este panorama de globalización de la violencia, todas las
instituciones formativas, particularmente las de educación superior, tenemos
una responsabilidad central y una tarea prioritaria, pues como bien afirma la
UNESCO...
Cabe subrayar que la
educación superior no es un simple nivel educativo. En este peculiar período
signado por la presencia de una cultura de guerra, debe ser la principal
promotora en nuestras sociedades de la solidaridad moral e intelectual de la
humanidad y de una cultura de paz construida sobre la base de un desarrollo
humano sostenible, inspirado en la justicia, la equidad, la libertad, la
democracia y el respeto pleno de los derechos humanos.[10]
Umberto Eco, semiólogo y novelista italiano, ha afirmado esta
responsabilidad y tarea con aún mayor firmeza y claridad, proponiendo que toda
entidad formativa, sobre todo las universidades y las escuelas, se conviertan
en fuerza de paz…
Sólo los centros de enseñanza, y entre ellos sobre
todo la universidad, son todavía lugares de confrontación y discusión
recíprocas, en los que podemos encontrar ideas mejores para un mundo mejor…
¡La universidad (e incluso la escuela…) como fuerza de paz! En mis sueños más
osados veo la imagen de un ambiente académico en el que se puede hablar
pacíficamente incluso de los problemas más insolubles de nuestro tiempo.[11]
La UNESCO ha destacado
el enorme poder ético y formativo de la sociedad civil, particularmente de los
medios, en la promoción de un “espíritu de comunidad” para la creación de “zonas
de paz.”
La Universidad para la Paz en Costa Rica, a partir de investigaciones acerca de
los procesos de influencia de los medios de difusión de masas, ha emplazado a
los medios a modificar sus prácticas informativas y contenidos violentos, de
manera que su ética periodística esté en sintonía con su propuesta de una paz
integral,
la cual comprende la articulación de tres dimensiones: la “paz consigo mismo”, la “paz con la naturaleza” y la “paz con los
demás”.
En particular, apuntan críticamente a la influencia de aquellos medios que
ejercen un discurso de la violencia y que destacan la noticia
“negativa” y la difusión de programación con alto contenido violento - en los
siguientes procesos sociales y formativos:[12]
§ La conformación de la
agenda social pública .
§ La configuración e
inculcación de marcos interpretativos en torno a la realidad.
§ El modelaje y la
difusión de determinados valores, estilos de vida y relaciones de poder.
§ La manipulación y
actualización de la conciencia ciudadana cotidiana.
§ La socioconstrucción de
la subjetividad e intersubjetividad.
De manera que,
construir calidad de vida nos exige transformar la universidad y la escuela - y
toda entidad formativa, en particular los medios masivos de comunicación - en “fuerza
de paz”.
Contextualizar y
armonizar tres vertientes hermanas en una misma agenda.
Transformar las entidades formativas en “fuerza de paz”, nos exige a su vez
asumir deliberadamente nuevos paradigmas noviolentos de investigación, educación
y acción. Ello implica asumir un compromiso con la construcción de una
cultura de reducida violencia y elevada justicia, acorde con lo que,
según la UNESCO, implica su
edificación:
Edificar una cultura
de paz significa modificar las actitudes, las creencias y los comportamientos
- desde las situaciones de la vida cotidiana hasta las negociaciones de alto
nivel entre países - de modo que nuestra respuesta natural a los conflictos sea
no violenta y que nuestras reacciones instintivas se orienten hacia la
negociación y el razonamiento, y no hacia la agresión.[13]
Implica
además, una transición del paradigma de la enseñanza a un paradigma del
aprendizaje. Es decir, dejar atrás los currículos rígidos y los grados
disciplinarios terminales, para asumir un paradigma de aprendizajes
interdisciplinarios, cambiantes y permanentes. Pero, más allá de este aprender
a aprender a lo largo de toda la vida, implica aprender a convivir, aprender a
compartir, y aprender a emprender para aprender a ser y aprender a
transformar la realidad y a nosotras y nosotros mismos. Implica tener siempre
presente el por qué y el para qué de nuestro aprendizaje. Implica, como
afirma Freire, desplazar la pedagogía autoritaria por una pedagogía
de la pregunta, por una pedagogía “problematizadora” y “democratizante” del cuestionamiento,
del atrevimiento, del disenso y de la audacia. Por una pedagogía de la
esperanza que, desde el “imperativo existencial e histórico” contribuya a
viabilizar nuestros sueños edificantes.[14] Porque no hay
dicotomía entre aprendizaje y solidaridad… aunque, lamentablemente, el enseñar
a competir – antes que a compartir es una de tantas violencias pedagógicas
que
ejercemos día a día, mutilando así el potencial solidario del aprendiz.
Transformar
las entidades formativas en “fuerza de paz” nos requiere también, una
transición de la investigación convencional e individualizada, a una
investigación de impacto directo y a la creación de proyectos de aplicación. Se
trata de una investigación en acción distanciada de la lógica de mercado y
orientada a la responsabilidad y la pertinencia social. Nos exige además,
repensar estas tres vertientes hermanas como tres pilares de una misma agenda,
como ejes centrales en cualquier agenda que pretenda promover calidad de
vida y
cultura de paz. El filósofo
Paul Ricoeur, ha reafirmado estos vínculos entre investigación, educación y
acción por la paz de una manera clara y precisa, desde una perspectiva ética
que exige poner la palabra directamente en la acción…
Si la no-violencia
va a ser éticamente posible, debe ponerse en relación directa a la acción…[15]
La relación sinérgica entre investigación, educación, acción, calidad de
vida y cultura de paz pareciera muy sencilla. De manera que nuestro gran reto
reside en cómo poner en marcha la suma concertada de las partes de esta
ecuación en esfuerzos conjuntos de consenso y acción solidaria en una agenda
compartida. Esta agenda “hermanada” deberá reflejar nuestra realidad histórica,
nuestra especificidad cultural y nuestras aspiraciones como pueblo. Nuestros
primeros esfuerzos deberán encaminarse a inscribirnos en el movimiento/visión
global “hacia una cultura de paz” y en puertorriqueñizar estos esfuerzos
mediante la construcción de espacios transdisciplinarios de formación ética y
convivencia solidaria.[16]
Construir calidad de
vida nos exige afrontar el reto de movernos de una cultura de guerra y
violencia hacia una cultura de derechos humanos y paz.[17] Emprender este camino de paz supone
labrar la convivencia solidaria.
Al respecto, nos indica Rigoberta Menchú:
La paz no puede ser ni un anhelo ni sólo una discusión
teórica. Es una lucha permanente
que significa acciones concretas que transformen las actuales prácticas de
exclusión, intolerancia y racismo que diariamente destruyen las relaciones entre
las sociedades y las generaciones.
Cambiar estas prácticas por otras cuyo sustento sea un conjunto de
valores, actitudes y comportamientos, como sustento de la paz y la no
violencia, es el reto de este milenio que iniciamos.[18]
Edificar una cultura de
paz requiere como prioridad viabilizar el respeto a los derechos humanos, y a
su vez, los derechos humanos son necesarios y complementarios a la cultura de
paz. En este sentido, la cultura
de paz supone luchar contra la guerra y la violencia, la pobreza y la
injusticia. Movernos de una
cultura de violencia a una de paz requiere además, promover la participación y
apoderamiento de todos los sectores en la sociedad. Precisa enfrentarnos a la discriminación y la exclusión, así
como trascender las imágenes del ”otro” para comprender la divergencia y apreciar
la diversidad. En este movimiento
la educación es fundamental.[19] Educación que se brinda en la escuela y
la universidad, pero también en la familia, la comunidad, a través de los
medios de comunicación y las tecnologías de la información. El educador español Xesús Jares, señala
que:
Los educadores y las educadoras
tenemos que hacer frente al reto de contribuir al tránsito de una cultura de
violencia - en la que la guerra
sigue teniendo una especial relevancia –,
a una cultura de la paz. Es decir, recuperar la paz desde los primeros
años para el conjunto de los ciudadanos y las ciudadanas; vivir la paz … como
un proceso activo, dinámico y creativo que nos lleve a la construcción de una
sociedad más justa, sin ningún tipo de exclusión social, libre y democrática.[20]
Educar en y para la paz
requiere respetar y asumir los derechos humanos para su comprensión, defensa y
promoción, es decir para su apropiación.
Posibilita romper con la cultura del silencio y del miedo al develar la
realidad y potenciar nuestra acción participativa. Además, como nos indica Abraham Magendzo, un colega chileno,
hay que educar en derechos humanos desde la memoria[21], o realidad histórica
donde estos se han vivido y donde han sido denegados o coartados. Federico Mayor, pasado Director General
de la UNESCO recalca que hay que educar con una visión diferente, donde hay que
desarmar la historia[22]
para
conocerla desde las personas con capacidad creadora, no desde las batallas y el
poder de los vencedores. Educar para la paz requiere
además entender y asumir el conflicto para proponer alternativas no violentas
para su resolución.
Inscribirnos
en el movimiento/visión global “hacia una cultura de paz” es punto de encuentro
para la agenda compartida que proponemos.
El movimiento “hacia una cultura de paz” es uno dinámico que se
ha ido gestando, articulando y repensando durante la pasada década. Reconociendo su importancia y
pertinencia, las Naciones Unidas declararon el año 2000, como el Año
Internacional de la Cultura de Paz, dando inicio al Decenio
Internacional de la Cultura de Paz y No Violencia para la Niñez del Mundo
(2001-2010). [23] En este contexto, un grupo de
Premios Nobel de la Paz, iniciaron una petición llamada Manifiesto 2000. El Manifiesto es un llamado a todos y
todas a participar y hacernos responsables por el futuro de la humanidad,
especialmente la niñez, al
comprometernos con:
El Manifiesto 2000, ha sido firmado
por más de 75 millones de personas alrededor del mundo, incluyendo a cientos en
Puerto Rico cuyas firmas recogimos en varias actividades auspiciadas por la
Cátedra UNESCO de Educación para la Paz.
Inspirados en este
movimiento y considerando los desafíos apremiantes para la paz en Puerto Rico,
en la Cátedra UNESCO de Educación para la Paz generamos nuestra Agenda
Puertorriqueña para una Cultura de Paz.[24] Hoy compartimos esta agenda, como
posible punto de partida en el esfuerzo conjunto para la calidad de vida en
Puerto Rico. Sus principales
objetivos son:
Ø Una vida digna para
todos y todas.
Comprometernos con el derecho a una vida
digna. Promover para la presente y
futuras generaciones una sociedad más justa con igualdad de oportunidades que
garantice el derecho a la educación, al trabajo seguro y al legítimo disfrute
de la vida.
Ø Rechazar la
violencia.
Rechazarla en todas sus manifestaciones
estructurales, sociales e interpersonales. En particular su utilización contra la niñez, la mujer, los
envejecientes y otros sectores marginados o excluidos.
Rechazar la violencia como instrumento
para resolver los conflictos sociales, políticos y familiares. Rechazarla como alternativa a la
búsqueda de diálogo y consenso en que debe estar fundada nuestra práctica
colectiva y nuestra vida política e institucional.
Ø Una nueva cultura po